martes, 16 de enero de 2018

La vida como alegoría
 Consideraciones antisubjetivas de la escritura autobiográfica
Ensayo

Silvia Anderlini
Alción Editora
Córdoba,  2017,  110 pp.

A manera de prólogo

La vida es sueño
La escritura es el arte de descomponer un orden y componer un desorden.
 Severo Sarduy

            Famosamente escribió don Pedro Calderón de la Barca que toda la vida es sueño, y es sabido desde muy antiguo que los sueños, aun los más transparentes, están necesitados de interpretación; de ahí que la vida, o mejor el relato de una vida, de la propia vida requiera también el auxilio de un intérprete, y como rara vez ocurre que cada cual disponga de una clave satisfactoria para sus respectivos sueños, acaso también la historia que cuentan de su vida y su vida misma sean descifradas mejor por un tercero. Desde los tiempos bíblicos de José y Daniel, ese rol de explicar sueños ajenos, o vidas ajenas, ha sido desempeñado por diversos nombres y funciones, y entre tantos han descollado la literatura, en especial la crítica literaria, y el psicoanálisis,  al punto de haber abierto el campo para  la autonomía de una disciplina, la hermenéutica, cuyo sustento y finalidad es precisamente la busca de una adecuada interpretación textual, porque es en los textos donde mejor se fija el curso de la vida, o de los sueños. En un sector de esa intrincada selva, según nos informan el título y el subtítulo de este libro, La vida como alegoría. Consideraciones antisubjetivas de la escritura autobiográfica,  Silvia Anderlini ha señalado hitos y ejemplos que marcan una senda.


             En el pasado los críticos se habían sentido incómodos con la alegoría, dado que su concepción suponía un código secreto –allos agoreuein, lo otro del hablar público, del encuentro en el ágora- compartido sólo por unos pocos autorizados para legitimar textos y   revelar su significado oculto, lo cual dejaba escaso margen para un ejercicio de libertad interpretativa: La Divina Comedia representaba el bienaventurado itinerario del alma hacia Dios y fuera de ese marco pocas cosas podían decirse. En general, el contenido de las alegorías era edificante, y las fábulas lo muestran de manera paradigmática cuando señalan con una moraleja el sentido que debe sacarse de ellas. El tratamiento teórico de la alegoría a partir de caracterizarla como manera de significar una cosa con el signo de otra, acaso su contraria, el famoso doble sentido o el no menos famoso equívoco, la fue asimilando a la metáfora, a la ironía, a la falsedad y, oh Platón, a la mentira, y con ello, salvo en alguna estricta terminología, puede llegar a ser considerada como una cuestión pragmática, propia del uso del lenguaje, antes que como una determinación semántica. Así es el lector –el avisado o desconfiado lector- quien ‘elige’ como debe tratar determinado discurso, si debe negarlo, refutarlo, reforzarlo, ampliarlo, ironizarlo, etcétera. Así es que puede leerse como alegórico un relato compuesto sin intención alegórica, sea porque responde a un esquema común frecuente en relatos producidos en situaciones sociales extremas: catástrofes, guerras o bien celebraciones extraordinarias,  como ocurre, por ejemplo, en los cuentos de navidad, o sea por alguna finalidad particular.

            Las autobiografías tampoco son lo que eran; ya no se acepta universalmente que cada uno sea quien más y mejor sabe de sí mismo y cuente verazmente lo que sabe, pues aunque sea sincero –lo cual nunca se puede probar-, el pudor, la modestia, la vanidad,  la cortesía, el temor y otras pasiones lo pueden llevar a tener una versión distorsionada de sus hechos y a omitirlos, suavizarlos o exagerarlos en sus dichos. De ahí que cada autobiografía se haya convertido en un diseño enigmático en el que diversos intérpretes –médicos, psicólogos, confesores, policías, abogados, políticos, politólogos, filósofos, etcétera-, movidos por intereses distintos buscan trazar un mapa fidedigno del territorio que presuntamente describen. En un extremo y abarcando completamente el universo textual, un autor, Harold Bloom, llegó a comparar la crítica con la cábala porque podría llevar a hacer que cualquier texto dijera cualquier cosa.

            Pero si bien los aspectos antedichos están supuestos o sugeridos en el texto de Anderlini, el sujeto cuestionado por sus consideraciones es el ‘objeto’ pretendidamente expuesto en la autobiografía, el autor o protagonista. En su Monadología, escribió Leibniz en 1714:
Supongamos la existencia de una máquina cuya estructura le permita pensar, sentir y ser capaz de percepción, y suficientemente aumentada de modo tal que conserve las mismas proporciones y que sea posible ingresar en ella como en un molino. Y una vez supuesta, si la examinamos por dentro, no hallaremos sino unas piezas que trabajan unas sobre otras, pero nunca nada que explique una percepción. Así pues, habrá que buscar esa explicación en la substancia simple y no en el compuesto o en la máquina.
Esa substancia simple, el yo o el alma, una mónada indivisa e indivisible, era el sustrato, el sub-jectum, cuyas experiencias representaría la autobiografía. Y esa simplicidad, demás está decirlo, se ha evaporado: en el psicoanálisis el ‘sujeto’ se descompone para su explicación en yo, superyó y ello, y se discute su secuencia; en las neurociencias se busca y se encuentra parte de esa explicación en la acción de miles de millones de neuronas, y tampoco en filosofía de la mente se deja de proponer una multiplicidad de instancias.

 Autobiografías y autorretratos guardan una estrecha analogía, pero en los autorretratos es evidente la perspectiva y los rasgos o gestos que el pintor se ha propuesto destacar, y cuando hay varios autorretratos de un artista, se muestran cambios, siquiera los debidos al paso del tiempo, en tanto que las autobiografías tienden a dar la impresión de ofrecer una visión completa de todo el tiempo desenvolviéndose hacia una postulada causa final; en el caso de referencias autobiográficas rescatadas de diversos momentos de un autor puede apreciarse una asimilación mayor al autorretrato y es obvio que bien podrían proyectarse en diversas autobiografías. Vuelve aquí una similitud con los sueños: Schopenhauer, lector y traductor de Calderón al alemán, sostenía que en el sueño, a diferencia de la vigilia, no percibimos el mundo ordenado en una continuidad espaciotemporal, sino en fragmentos caprichosamente dispuestos, tanto en el espacio como en el tiempo.

Un poema de Gottfried Benn, Fragmente, acaso sintetice esta reflexión preliminar; cito los versos finales:
Crisis de expresión y ataques de erotismo:
esto es el hombre de hoy.
El interior, un vacío,
la continuidad de la personalidad
es conservada por los trajes
que si son de buen material duran diez años.

El resto, fragmentos,
sonidos a medias,
frases de melodías desde las casas vecinas,
negro spirituals
o Ave Marías.
           
En todo caso, el libro de Silvia Anderlini es una guía alternativa eruditamente detallada y autorizada  para transitar estos laberintos.


Daniel Vera

Córdoba, 2017.

martes, 12 de septiembre de 2017

Otro verano y éste
Pablo Seguí
Poemas
Editorial Barnacle
Buenos Aires

Presentación: 

¿Y uno qué hace cuando lee?

Voy a ensayar varias respuestas para esta pregunta, que es el primer verso de un poema cuyo título Horas, libros, corazón y cuya dedicatoria para Elisa (für Elise) provocan resonancias románticas, resonancias que por esos caprichos de las palabras, bien se pueden llamar clásicas. La primera respuesta da cuenta de mi costumbre de destripar las palabras, invertirlas, encontrar sus anagramas y sus rimas, y es el corazón de la razón por la que a estas horas estoy aquí con el libro de Pablo Seguí Otro verano y éste, denominación que primero descompuse en ‘Otro Vera no y éste’, y luego recompuse con algún agregado en ‘Otro Vera no ¿y éste? Este sí’. Sí que puede ser un adverbio o una nota musical: Dar el sí, con todo lo que pueda figurarse.
Cosas que uno hace cuando lee. Uno, cuando lee, escribe; escribe, como en ese otro poema Tratando de entender. Acaso sea un pleonasmo burocrático decir de alguien que lee y escribe. Mi abuela, que no sé dónde aprendió a leer, contaba que una vez en un campamento de hacheros, grupo de familias iletradas en medio del monte, apareció un hombre con una rara habilidad: sabía escribir. Le pidieron que escriba algo, y el hombre tomo un palito y trazó unos garabatos en el piso. Le preguntaron que había escrito, y se confesó ignorante, porque todavía no había aprendido a leer. En la superficie la paradoja es notable y notoria, pero en la trastienda sucede que uno (y cuando digo uno, quiero decir yo, cualquiera sea) no sabe leer lo que escribe o no sabe escribir lo que lee, y el caso es flagrante en poesía, porque la poesía se parece a los sueños y no hay regulación del soñar y de leer los sueños, cito a Seguí, el corazón no encuentra lo que busca…los libros dicen muy poco ya.
Pero trata de entender. Porque cuando lee uno suprime la distancia, pero cuando la suprime advierte que hay una distancia insalvable, y entretanto evoca otras lecturas, y tratando de entender puede suponer una historia teórica, rastreable hasta las primeras décadas del siglo pasado, cuando el lógico-matemático Kurt Gödel eliminó a la vez la necesidad de los metalenguajes y la imposibilidad de hablar de un lenguaje en el mismo lenguaje. Casi en paralelo Ezra Loomis Pound anuló la diferencia entre la crítica literaria y creación literaria: “la mejor crítica de Madame Bovary es el Ulyses de Joyce”, o sea, la mejor crítica de una novela es otra novela. Seguí, en su poesía, enjuicia la poesía; leo:  
Las palabras ¿qué pueden?
Que haré con ellas? ¿Qué
Me permite mezclarlas,
Cortar, alzar?
(Interrumpo la lectura para una breve digresión, algo que hago a menudo cuando leo: ¿cortar, alzar o cortar al azar?, de la que me devuelve inmediatamente la continuación del poema:)
           Y tocan
Manos impredecibles
Muchas veces.

Pero hay quizás una fusión más intensa en la apuesta poética llevada a cabo por Seguí, sobre cuya pista me puso Daniel Freidenberg en el prólogo: entre prosa y poesía sólo hay una distinción de grado y no de género: el vocabulario es común a una y a otra (¡y pensar que son las mismas palabras!), aunque algunos vocablos puedan ser desdeñosamente llamados vulgares y otros presuman de mejor prosapia o algunos se ordenen en raras metáforas. Incluso se señala la transición en un dístico puesto entre paréntesis:
(se van las horas, las horas
Dejaron de ser sonoras.)
    En el continuo se produce también una situación apremiante, la imposibilidad de salir de las palabras, y el poeta tiene la percepción mallarmeana de la obra como fracaso:
Yo sé que las palabras
Ni las fotos
Podrán tenerte nunca.
Así dice en Un mundo y, porque entre las cosas que uno hace cuando lee está el buscar (¡encontrar!) armonías ocultas, respuestas a preguntas tácitas, continúa o contesta en Y te callás:
Y sí: poquita cosa
Era la poesía….
….La Musa
Que le dice que apenas
Una voz, sus palabras
-esas menesterosas-
Es el poema: voz
Como la de cualquiera
Pero tuya…..
Palabras, nada más
Que palabras…
…….como
Las de cualquiera, cuando
Te conoce y pregunta
A qué te dedicás.

            El fracaso, por supuesto, es relativo, como el éxito. Acaso es preferible fracasar en una escalada al Everest, o siquiera al Champaquí, que tener éxito en subir al primer piso por la escalera. Y en el hacer, el poema aparece como un Everest inaccesible, se divisa la cima a mayor o menor distancia, pero fuera del alcance: un objeto mágico, y no es posible avanzar más, y de la visión han quedado solamente palabras, huellas, gramática…Sin duda un fracaso digno de admiración, figura tal vez de la existencia humana para aquellos que crecimos leyendo al primer Sartre: pasión inútil de procurar al mismo tiempo ser en sí y para sí; la poesía es para sí, pero las palabras son en sí, cosas inertes entre cosas inertes, a menos, claro está, que un lector les insufle nueva vida, y surge otra vez la pregunta ¿y uno que hace cuando lee?, y uno quiere insensatamente ser el otro en ese momento, ser esa mirada que recorre implacablemente los renglones y los proyecta vaya a saber por qué mundo insondable, por qué infierno. El fracaso  equiparable a una derrota, de ahí tal vez estos versos Para los derrotados:
El violín, en su estuche
Corta una cuerda. Poco
A poco deshará
Su propio cuerpo. Prendo
Un cigarrillo y fumo
Apostando a que el vicio
Finalmente me pierda
Porque la muerte es dulce
Para los derrotados.
Y uno, el otro, éste evoca a Nietzsche: di tu palabra y rómpete, ha dicho su palabra, ha brindado su música y se ha roto, y está dispuesto entonces a clamar y reclamar  con César Vallejo ‘y si no sobrevive la palabra, que se lo coman todo y acabemos’. La ventaja del poeta, porque alguna ventaja ha de haber en todo esto, es que puede reencarnarse y volver en otro poema después de haber cantado su propia muerte. Derrota, por otra parte, es también camino, sendero en descampado, orientación en el mar, traslado, metáfora de otro verano a éste. Después del descenso, el ascenso, la vuelta a la vida, y el poema que da título al libro insinúa una dinámica emocional –aunque podríamos decir ontológica- en la que para llegar a ser se necesita haber dejado de ser:
Increíble. Si piensas en esa noche
De lluvia en que entreví
La verdad de los cuerpos al mirar
Aquella lluvia….
-al cabo de los años
Y de una suerte inteligente y ciega
Que atrás dejó los nombres
Me doy cuenta de que nada
De lo que ahora tengo
Me faltó nunca….
………………Cuánto  se engañó
Mi corazón con fuentes
Retorcidas…..Cuánto encuentro
De lo de siempre en vos,
Amor, en tu palabra y en tu risa.
La lectura se detiene en ‘una suerte inteligente y ciega’, porque la contradicción es la marca del vacío y deja sin lugar a los demás signos, pero también es una apertura por la que se filtra la luz y rehabilita –resucita- las palabras –la palabra, tu palabra- y posibilita la recuperación, que es un ‘darse cuenta’, una íntima revelación
De la más ociosa infancia
……………….
Lo que jamás podremos olvidar
El amor a la vida.
                                                                                                         
       Otra cosa que uno, yo, suelo hacer cuando leo es contar sílabas, que es lo que uno hace cuando escribe, hasta cuando lee o escribe prosa, y sin embargo, llegando al final advierto que no lo he hecho, estimo que ha de ser por cierta familiaridad con endecasílabos y heptasílabos, que son casi mi manera de respirar o la suya, la de uno como yo, o la de Pablo Seguí, y porque el octosílabo, como se dice, es la respiración del castellano, o porque la métrica y la gramática coinciden en la fluidez del discurso o, sin tal vez, porque uno, yo, ha preferido más bien especular con imaginaciones que entretejidas trazan una vereda –Vereda de mi hogar- que conduce a la última palabra del libro:
Renacer.
Muchas gracias.

Daniel Vera,

Córdoba, septiembre de 2017.

sábado, 22 de julio de 2017

Custodio de la fé pública




































El título de la escultura de Guillermo Lotz situada frente al Colegio de Escribanos destaca su sentido de monumento alegórico, y da pie a una inmediata y evidente interpretación, por lo tanto no quedaría más que señalar la pericia técnica con que ha sido ejecutada. Pero las alegorías, aparte de estimular algún comentario malicioso, pueden ser cabalmente recibidas como metáforas, esto es: como figuras que no obedecen a una codificación estricta y permiten investigar alternativas de sentido, por ejemplo, suponer que el nombre ‘Guardián de la fe pública’ no se refiere a la profesión notarial sino a la actividad del artista. Es sabido que en el juego creativo de la imaginación el artista, quiéralo o no, supera su mirada y  va más allá de sus intenciones, de manera que el autor es considerado como un ‘medium’, un mensajero –ángel o demonio- habitado por un genio que recibe su distinción de las Musas o del Espíritu (o más llanamente, de las profundidades de su psiquismo que se las arreglan para burlar la censura y las limitaciones de la conciencia y dan lugar a insospechadas asociaciones); es así que alguna vez se lo ha llamado ‘espía de Dios’ y otra  ‘legislador de la humanidad’, trazas que se encuentran en lo que se llama inspiración, en la palabra ‘vate ‘ y en la familiaridad entre poesía y profecía: el artista resulta guardián de la fe pública en la medida en que su obra es un des-ocultamiento, una revelación: de ahí los rasgos apocalípticos de esta obra de Lotz, que extiende en el espacio la posibilidad de esta gramática. Ciego, el artista parece no ver nada, pero sólo no tiene ojos para lo más obvio, mientras su ángel protector  lo hace confidente del destino.



Daniel Vera

Córdoba, 2017

martes, 28 de marzo de 2017

Julio Cabrera: filósofo, cordobés y pesimista
JULIO CABRERA
“No consigo trabajar dócilmente en áreas ya constituidas. La filosofía de la lógica fue para mí un ámbito de discusión de la Lógica Formal en sus pretensiones de decidir acerca del sentido y validez de discursos filosóficos. La filosofía del lenguaje, una oportunidad de discutir la hegemonía analítica en esta área y estudiar la variedad de filosofías del lenguaje (analíticas, hermenéuticas, meta-críticas) siempre en conflicto mutuo. Mis reflexiones sobre Cine y Filosofía pueden ser vistas como estudios sobre el lenguaje de imágenes y creación imaginante de conceptos. La ética, un dominio en donde conseguí desarrollar antiguas intuiciones acerca de la imposibilidad de la moral, la inmoralidad de la procreación y una posible moralidad del suicidio. Mis intereses actuales en el pensamiento latino-americano (o desde América Latina) tratan de ubicar mis trabajos lógicos y éticos en una dimensión de pensamiento insurgente, contra la hegemonía del pensamiento euro-centrado en las universidades latino-americanas, y sobre todo brasileñas.”
·         El Lógico y la Bestia (1995)
·         O Cinema pensa (2006)
·         Diálogo/Cinema (2013)
    Hasta aquí  algo que Cabrera dice de sí y una lista autorizada de sus libros. Para quien encuentre interés en su pensamiento puede continuar consultando su blog
filosofojuliocabreraes.blogspot.com/. De mi parte, digo que comenzamos a estudiar filosofía en la UNC allá por 1965 y que lo admiré desde un principio; recuerdo que estaba en clase con un amigo de entonces, Carlos Converso, titiritero en México, según las últimas noticias que tengo, y que lo señalamos y apodamos ‘Cara de genio’; luego nuestro interés común en lógica por una parte, y en literatura por otra, una coyunda no muy frecuente, nos fue aproximando, pero él iba siempre adelante –acaso porque me distraje demasiado con el periodismo, el sindicalismo y la política, o sin acaso simplemente porque él iba adelante-, hasta el punto en que yo recibí mi título de licenciado el mismo año y en el mismo acto de colación de grados en que él obtuvo el suyo de doctor, luego de que hube cursado bajo su dirección un seminario sobre la estética de Wittgenstein, además de haber aprendido en esos años bajo su amistosa guía casi todo lo que sé de música y de cine. Así, para que se comprendan nuestras afinidades y diferencias; luego él conoció la persecución y el exilio, motivados seguramente por la envidia y la originalidad de sus perspectivas, ya que no tenía militancia política alguna. Su carrera académica, y su vida, continuaron en Brasil, mientras yo me fui convenciendo poco a poco de que no quería moverme de aquí ni siquiera transitoriamente: Ach, verglebich das Fahren!
   Debo haber sido algo optimista entonces, porque sufrí el encanto de la Revolución, pero un optimismo matizado con la lectura del Cándido de Voltaire y con una tendencia anti utopista alimentada por George Orwell, Aldous Huxley y Bertrand Russell, de modo que no faltaron discrepancias entre Cabrera y yo, lo que hacía entretenidas nuestras conversaciones. Con el tiempo y las magulladuras históricas advertí que la democracia, sin llegar a ser buena, es un mal menor frente a cualquier utopía imanente o trascendente, sea para delirar con un Reich de mil años, con un paraíso terrenal socialista o con la salvación eterna; puede que esta valoración sea lo que resta de aquel precario de optimismo. Eso sí, siempre me gustó vivir, y me gusta todavía, y nunca me pregunté si eso era bueno o era malo, acaso peco de frívolo porque la tematización de la ética más allá de la lógica deóntica me ha sido particularmente esquiva. Pero quiero quedarme con un corolario del pensamiento cabrío en su diálogo con Dussel: el pesimismo no es revolucionario. Pero, agrego, tampoco es depresivo, de ahí que en mi agenda el suicidio es un acto optimista que se comete con la convicción de terminar con un mal, sea personal, social o ultramundano, lo mismo que el fin del mundo y el juicio final implican la esperanza de acabar definitivamente con el mal o mejor, con el Mal.
   En mi peronismo, no he dejado de sentirme un paria intelectual, por no anhelar un pensamiento nacional o una llamada filosofía o teología de la liberación: cada uno piensa donde está, con lo que tiene y como puede, desconfiando –si se aprecia pensar, se tiene que ser desconfiado- de quienes pretenden ayudar a pensar, porque estos ‘ayudantes’ por lo general quieren hacerte el bocho, es decir, suprimir o limitar cualquier asomo de pensamiento personal. De ahí que me parezcan de suma importancia las ideas de Cabrera a este respecto: ni lo europeo es universal ni lo brasileño (o lo argentino) es nacional. Apuesto un poco más, fuera de algunas convenciones estatales, la nacionalidad se diluye en multitud de figuras en la que confluyen azarosamente líneas provenientes de las más diversas direcciones y la universalidad, si es algo, es la capacidad de asimilar (luego de haber devorado, según lo quieren Cabrera y Oswald de Andrade) y potenciar esas líneas en creaciones e invenciones inéditas. Que uno de los efectos de la enseñanza institucional de la filosofía es mitigar estos efectos insurgentes no es un fenómeno local y se manifestaba ya en una carta de Hegel a un ministro de educación donde anotaba que la incorporación de la filosofía en el Gymnasium, apartaría a los jóvenes de escabrosas cuestiones como la existencia de Dios, el alma, la libertad, etcétera. Latente está en esas palabras la aspiración totalitaria de utilizar las escuelas, colegios y universidades para enseñar la ‘Verdadera Filosofía’, aspiración que con mayor o menor énfasis se esconde en todo programa de pensamiento hegemónico u orgánico; por el contrario, puede decirse que si dos personas piensan lo mismo, hay por lo menos una que no piensa. Encuentro en Cabrera esta celebración de la diversidad, y la celebro, no porque propendan a una liberación tutelada, sino porque afirman esa elusiva noción denominada libertad: sapere aude!

Daniel Vera
Córdoba, 2017


martes, 25 de octubre de 2016

Escenas de la Commedia universal
Disfrazado de Novia
Carlos Schilling
Editorial Nudista, 170 páginas
Córdoba 2016

En el canon occidental o, con menos pretensiones, en un canon accidental, el mío, la Beatriz del Dante es por antonomasia la mujer imposible del escritor favorito, aunque tal vez al alígero sólo le trajo felicidad literaria en ese monumento que compuso, como lo sugiere alguna lectura, para encontrarse con ella en el Paraíso y mirarla sonreír eternamente como si la sonrisa le estuviera dirigida; en la historia de la filosofía, que es otro canon, Regine Olsen, novia con la que Sören Kierkegaard rompió y luego transformó en símbolo inspirador de su pensamiento, relación acaso sugerida por la de Dante con Beatriz, es el modelo ejemplar. Unidos los dos motivos, no es imposible imaginar que algún ser real o ficticio se haya Disfrazado de novia para sugerir a Carlos Schilling la elucubración de estas escenas de commedia abundante en pecados, penitencias y redenciones, aunque mucho más difusos y confusos que en la clara casuística teológico moral del florentino y con una carga personal (‘es lo que hay’, diría un cordobés) tan intensa como la acostumbrada por el gran danés en sus ladridos existenciales.
Lo cómico –descubro de manera tardía- es lo opuesto a lo trágico, y no a lo serio, y es mucho más serio que lo trágico, ya que las tragedias son ‘perfectas’ tienen un cierre y concluyen alguna vez, son universos cerrados como el cuento en alguna mitología narrativa que Schilling soslaya llamando relatos estos ejercicios, en tanto que las comedias quedan abiertas, pueden continuar, con sus muertes absurdas, sus evasiones irrisorias y sus amores insensatos, hasta que las velas no ardan o ardan sin quemar o quemen sin arder. Recuerdo también que Dante es autor de De vulgari eloquentia, ensayo donde defiende en latín las calidades expresivas la lengua vulgar, el italiano, que él ejemplificó soberanamente en la Commedia que hoy llamamos divina, y esto porque sin énfasis ni recato Schilling remite a medios y símbolos de lo que podría llamarse  ‘cultura pop universal’ donde se mezcla la Biblia con el calefón, o más literalmente, Wittgenstein con The Bangles, cuyo albúm Everything viene muy a propósito para nombrar ese contexto sin contexto donde todo está al alcance de todos en una ventana electrónica que en anacrónicos lectores evoca incesantemente a la Biblioteca de Babel, al Aleph y al Libro de Arena. The  Bangles también por Susana Hoffs, con nombre de casta y apellido de esperanza (Hoffnung, en alemán, ich hoffe, yo espero), lo que le da pista y pasta a uno de por aquí para convertirse en su Novio Secreto y enamorado perpetuo: Casta Esperanza que conoció por televisión, en una vidriera de electrodomésticos, y quedó hechizado por ella como Dante por Beatriz o como Kierkegaard por Regine; por supuesto, no la convierte luego en su amor cortés y finalmente en su destino poético y teológico, transfiguración que no pudo completar Kierkegaard con la novia que dejó plantada en aras de la filosofía, porque el marido de Regina le prohibió nombrarla, sino que más mundano que aquel y algo más práctico que este, con una suerte de platonismo resignado, se conforma con Verónica, copia verdadera aunque más sensible al paso del tiempo, de una Idea casi inmutable gracias a la protección brindada por la magia mediática, con cuyo socorro construye un altar moreliano para rodearse de ella a perpetuidad.
            Verónica, dicen los que saben más, proviene de Berenice (la que trae la victoria), cuya cabellera arde en el firmamento nocturno y en la poesía de Bernardo Schiavetta, pero yo acabo de aludir a una etimología popular medieval, basada en un evangelio apócrifo, según el cual una mujer habría enjugado con un lienzo el rostro de Jesús en su calvario, y en la tela habrían quedado impresos los rasgos –vera icon- de quien iba a ser crucificado. Vera, digo, y agrego Schiavetta, icónico poeta, porque ambos aparecemos en la misma escena de esta ‘commedia’, no tan grotesca acaso como la Divina (ni siquiera como la humana réplica balzaciana), pero que como aquella no desdeña incluir escritores entre sus personajes. A nosotros dos nos toca estar con Nemrod en un mismo espacio infernal, ni círculo ni helicoide, más bien pampa llana, construido con pretexto del legendario Lorenzo Deus y sus pláticas en el desierto, pero que quizás merezca otra interpretación debido a que Schiavetta ha asimilado endecasílabos míos al espléndido Raphèl maì amècche zabì almi, junto con el mero hecho de mi escasa propensión para buscar lectores y mi colosal facilidad para no encontrarlos, en vista de que la mayoría de mis invenciones han sido calificadas de muy difíciles de entender y no pocas lisa y llanamente de ininteligibles, como les habría pasado –supongo- a los discursos en español de Deus entre aborígenes no colonizados, si por azar lo hubieran escuchado.
            Borges se ‘figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca’, los personajes de Schilling, habitantes de un planeta en el que las bibliotecas son espacios virtuales y los libros –incluso este, editado con cuidadoso celo- tienden a ser memoriales de un hábito preterido, tal vez asimilen la biblioteca a un Infierno en el que uno debe andar de un lado para otro, deshojando volúmenes para encontrar una referencia, tienen otros destinos gloriosos o infames, a veces efímeros, como una fiesta en un Airbus a miles de metros de altura, a veces simbólicos como el Premio Nobel para Silvio Mattoni, a veces tediosos como quedar encadenado después de muerto a una esquina de Colonia Tirolesa o jugar indefinidamente al ping pong en Mayu Sumaj, a veces subjuntivos, como hubiera sido compartir la vida con la mujer imposible, y casi siempre, o siempre, ambiguos, digo ahora, que recuerdo un texto, ya no sé si de Gabriele D’annunzio o de Giovanni Papini, en la que el sujeto la mañana siguiente a su noche de bodas mira a la mujer que yace a su lado, se imagina la escena repetida en todos los días por venir y huye despavorido. En suma, se hace o no se hace el campo amor: en este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.
            Una coda para Regina Olsen, las novias perfectas y las mujeres imposibles: Kierkegaard murió joven y desconocido a los 42 años en 1855. Me han contado que casi cincuenta años después, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, a una anciana Regina le extrañaba que el mundo académico prestara atención a los escritos de quien ella recordaba vagamente como un muchacho inconstante y excéntrico.

Daniel Vera,
Villa Páez, 2016


domingo, 25 de septiembre de 2016



Medio Dicho, miedo dicho medio miedo miedo medio

Presentación del N° 42 de la
Revista anual de Psicoanalisis Medio Dicho

Hay cantidad de miedos y muchos de estos están en los medios, y se tejen redes con esos y con otros miedos y hasta hay un botón institucional para cuando el miedo se transforma en pánico, pero presumo que hay miedos secretos, miedos que no podemos confesar, porque ignoramos que los tenemos, tal vez alguno de aquellos tan públicamente manifestados se encuentre más de una vez entre estos celosamente callados. Más de uno de esos miedos secretos suelen ser miedos a las palabras, y de manera más general miedos a la lengua, a lo que nos imaginamos que es un lenguaje.  De ahí que en lo que me toca como presentador ensaye un vínculo entre el artículo de Jacques Alain Miller ¿ha dicho raro? , o quizás ¿ha dicho “bizarro”? y los que tratan explícitamente sobre el miedo o la falta de miedo; mi intención surge entre otras razones porque allí se trae a colación una cita de Roland Barthes: ‘la lengua es fascista’, expresión que puede causar asombro, porque el lenguaje tiene buena prensa y pocos nos sentimos inclinados a sospechar conscientemente de él, aunque en nuestros comportamientos haya signos  de estar afectados por esos miedos. Sabidos es que lo que no podemos decir, impedidos por la censura externa o interna, incluso lo que nos impedimos saber que nos impedimos decir, lo figuramos en mitos, y el mito a propósito de estos miedos, ¿podría decir “logofobias”  es el de la Torre de Babel. En ese relato parecen ser vituperadas dos situaciones extremas: una, la lengua única y unívoca, que disgusta a Yavé y otro a la multitud de lenguas que confunde y separa a los hombres con su equivocidad.
 Hemos olvidado –hemos querido olvidar y por ahí no hemos querido darnos cuenta de- que en el aprendizaje del lenguaje hemos estado –y estamos, por ejemplo, cuando recurrimos a un diccionario o a una gramática- sometidos a una autoridad  presuntamente inapelable; en la mayoría de los casos es una autoridad legítima, que se limita a enumerar los usos de una palabra o de una forma gramatical, que siempre se pueden ampliar o revisar, y no de un decreto imperial monolítico que estemos obligados a seguir letra por letra. Pero ese fantasma terrible se insinúa cuando queremos decir algo original o singular, algo raro, algo ‘bizarre’ dice el original francés, que aclara que es una palabra importada del español ‘bizarro’, que quería decir valiente o arrojado antes de asumir este sentido de extravagante o exótico, por no decir raro, que los hispano parlantes hemos importado del francés o del inglés…¿Es posible que el juego de la traducción nos haga ver la valentía como algo bizarro? ¿Resulta raro ser valiente? ¿Cómo podemos animarnos a decir esto? No dudo de que si queremos construir una torre que lleve al cielo todos tendríamos que hablar una lengua única –y para ser única necesita ser unívoca, y la univocidad es precisamente eso: una sola voz, una voz que no dejaría lugar para nuestras voces, y en cuanto cualquiera de nosotros quisiera decir algo propio, no sería entendido ni sería admitido en esa laboriosa comunidad de constructores, y hasta podemos imaginar algunas frases que no se podrían articular en ese “idioma”: no se podría decir, por ejemplo, que la torre es imposible, que la torre es inútil, que disgusta a Yavé. He escrito “idioma” y lo he escrito entre comillas, porque este vocablo apunta a lo propio, a lo idiosincrático, y el colmo de lo propio es la idiotez que no nos permite salir de nosotros mismos, pero a esto apuntaré luego, por ahora quiero detenerme en los constructores de torres que llevan al cielo, no en los del mito, sino en los de la historia, porque históricamente no han faltado ni faltan pretendidos campeones de la humanidad que dicen ser conocedores del destino del mundo y depositarios de los “verdaderos” significados de las palabras dispuestos a arrear todo el rebaño y en beneficio de su proyecto totalitario han intentado el monopolio del diccionario, excluyendo toda interpretación alternativa, proscribiendo neologismos y metáforas, ayudados, por supuesto por instrumentos y prácticas no lingüísticas, instrumentos y prácticas de las que está prohibido decir que disgustan a Yavé o que resultan lesivos para nosotros o para vosotros o para algunos otros. Una lengua así no existe ni ha existido, aunque por ahí filósofos y lingüistas en busca de una universalidad unitaria hayan postulado y bosquejado un artefacto semejante, modelo abstracto admisible sólo porque hace abstracción de los usuarios.
Pero de aquella fallida edificación, sea por ese enojo de Yavé señalado en el mito o simplemente porque a los hombres les suele gustar decir algo “bizarro”, un chiste, una metáfora, una fábula para divertir y divertirse, para engañar y a veces para engañarse, para tejer alianzas unos contra otros, para segregar a los extraños, para ocultarse de los propios –como hacen los adolescentes con su jerga en perpetua mutación que los adultos nunca llegamos a dominar, o los delincuentes con sus códigos impenetrables para la mayoría- de aquella arcana unidad, si es que hubo alguna vez alguna, surgió este maremágnum de lenguas, idiomas que nunca se terminan de contar porque de tiempo en tiempo nace uno nuevo –afirman que actualmente son más de cinco mil las “lenguas vivas”, aunque hay algunas “muertas” cultivadas por arqueólogos, paleontólogos y otras runflas de estudiosos de aquello que se dijo para averiguar lo que pasó o de aquello que pasó para conjeturar lo que se dijo o pudo haberse dicho, si es que pudo decirse algo.. En fin, tantas lenguas después de Babel, que los grupos humanos estarían impedidos de comunicarse verbalmente unos con otros, y en el extremo, si extendemos el alcance del mito, algún hombre singularísimo idearía un lenguaje para uso propio y encontraría impracticable el de los demás, eso caería dentro de lo que se llama  lenguaje privado, otro engendro mítico supuesto para proteger la intimidad propia del oído ajeno y la mirada ajena, porque ya se sabe, el infierno son los demás…Tal es nuestra precaria situación: O bien nos quieren hacer objetos de una lengua ajena y enajenante o bien cada uno de nosotros pretende ser único sujeto de la propia. Pero ni tanto, ni tan poco, y de uno u otro modo intentamos ser sujetos de nuestra lengua sin caer en la idiotez, y así, sea por la desconfianza, por la envidia, por el amor, por el odio o por lo que fuera que nos inspiran los extraños, desde que se tiene noticia unos y otros han querido saber lo que otros y unos piensan de unos y otros y lo que traman en sus mutuos respectos, y ya para defenderse, ya para imitar algún rasgo de su modo de vida, ya para atraer alguna Julieta a los brazos de algún  Romeo o viceversa, ya para copiar una receta de cocina, para preparar un ataque sorpresa, ya para comerciar o impedir el comercio, se ha traducido de unas lenguas a otras y de otras a una, y según mi modo de ver, pese a todas las críticas y los malos entendidos, en general ha sido más lo que se ha ganado que lo que se ha perdido en la traducción. Y aquí viene a conjugarse mi propósito, dado que por un lado el poeta Michel Leiris ha identificado traducción y metáfora, y por otro el griego moderno designa con “metáfora”, lo que llamamos mudanza, tengo la imagen de que al traducir o al metaforizar hacemos que los significados cambien de lugar, los sacamos de su lugar habitual –que no es nunca su lugar natural porque nunca estuvieron allí antes de que los pusiéramos allí: son como los muebles de una casa y, si quieren, como la misma casa- y una vez sacados de ahí  nunca llegamos a saber con precisión a qué lugar fueron a parar o van a ir a parar. Por eso en nuestro conversar –o discutir o litigar o confesar o leer- estamos como los primeros traductores, que no disponían de un diccionario ni una gramática para aproximarse a la otra lengua, y no tenían más remedio que interpretar lo que el otro decía, y en cuanto mejor lo interpretaban mejor la conocían y en cuanto mejor la conocían mejor la interpretaban, y con el conocimiento de la lengua incrementaban el conocimiento del otro y con el conocimiento del otro incrementaban el conocimiento de la lengua: pero nunca sus palabras son cabalmente nuestras y nunca nuestras palabras son enteramente suyas; lejos de ser perfectamente claras y distintas, acumulan pátinas de vaguedad o se bifurcan en ambigüedades: cada caso muestra residuos dispuestos para una ulterior interpretación, porque pese a la extraordinaria importancia que tiene el lenguaje para los seres humanos, la comunicación entre nosotros no comienza ni termina con el lenguaje, aunque el lenguaje pueda conducirnos a límites siempre provisorios. En otros términos: no hay nada dicho del todo, pero todo, incluso el miedo está medio dicho o, por lo menos en camino a Medio Dicho. Muchas gracias.


Daniel Vera
Córdoba, 2016